El café y sus pecados

# El café y sus pecados

Lo confieso, el café me causa insomnio: no duermo por pensar en él.
No es mi culpa. Si acaso, soy una víctima más.

Su esencia es la total coquetería y su aroma el perfume penetrante que me envolvió desde la primera vez.
No hubiera pasado nada entre el café y yo (se los juro!) si hubiera logrado evitar que me tocara los labios.

En cuanto estuvo tan cerca la sorpresa fue tal, que di el suspiro más largo de mi vida.

Sentí su corporal calor y con mínima resistencia el café logró el acceso total a mi trémula boca.

Ahí su textura jugó con mi paladar y vergonzosos sabores hicieron mil travesuras a mi lengua.

Después comenzó la experiencia religiosa, la combinación entre la natural resistencia y la locura de dejarte dominar por quien te controla mediante hacerte sentir tan eufóricamente relajado.

El café se va adueñando lenta y penosamente de ti y de cada parte de tu cuerpo. Todo era semejante al cerrar de los ojos para un nuevo despertar.

Sin reparos lo digo: lo disfruté mucho aquella nuestra primera vez.

El tormento llegó al día siguiente. Había en mi una terrible cruda moral. Los restos de café en la taza de mi alma se habían puesto amargos. Mi nuevo amor no pasaba de ser un coscolino, de mano en mano andaba y en cualesquier belfos se anidaba.

En su casa tenía muchas citas. Y para cada ocasión de una manera diferente se arreglaba: La pañoleta de leche en su pecho. Su toque de perfume de anís. El cinturón de canela que se mecía en su cintura. Su cabellera alta y espumosa.

A través de los vitrales lo vi. No pude contenerme. Me invadieron los celos asesinos.

Digno como siempre, no se inmutó de estar apretado en mis manos. Tan solo, en el primer instante, me miró con ojos de vapor hirviente. Su vida se escapó a tragos, mientras discreta la punta de mi lengua le acariciaba la última gota de su sabor viviente.

Y entonces solamente… sonreí.

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